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Andrea Vianini, su fallecimiento

Andrea Vianini

“Juancito…yo me quiero morir aquí…”, me dijo una vez más la última vez que lo vi. Estaba terriblemente mal…soportando lo insoportable, como siempre, pero ahora con 73 años de edad (nació el 19 de octubre de 1942 en Milan). Pero no pudo ser.

Su estado -peor que nunca- motivó a su mujer y a sus hermanos a llevarlo a Italia, al lugar donde nació. Sus condiciones motivaron una decisión que ni él mismo podía discutir. Estaba viviendo en una casa en Lobos, confortable, dentro del campo de su familia, donde se lo atendía como para que, lógicamente, estuviera en las mejores condiciones posibles. Pero la vida de Andreita  (¿Qué vida…?) perdía esta horrible confrontación.

Si se hiciera un relato más o menos minucioso de su calvario, sería increíble. Y hasta imposible de hacerlo bien. En esta profesión dedicada al relato, uno -en más de 40 años de trabajo-, toca muchos temas. El peor es de los accidentes, porque la clase de actividad lo exige. Pero no puede soslayarlo. Y tampoco puede cambiar el relato. El de Andrea fue horrible, porque duró 46 años y fue, para él, terrible sin pausas.

Algunos aficionados, y también algunos profesionales del automovilismo, recuerdan que el 4 de octubre de 1970 es una de las fechas más crueles de la historia del deporte argentino y, especialmente, del automovilismo. Ese día, en un parque de Las Flores, en la Provincia de Buenos Aires, se accidentó con su auto de Sport Prototipo.

Andrea Vianini

Su vida -hasta el accidente- fue la mejor. Y la disfrutó siempre a fondo. Como si supiera que sería corta. Tuvo un padre inolvidable, una familia lindísima. Fue triunfador aquí y en Europa. Pasó de las recordadas Giuliettas a integrar el equipo oficial Porsche con su inseparable -y también inolvidable- Nasif Estefano. Disfrutó como deportista y como hombre. Fue buen amigo y adversario leal, que nunca guardó nada y se arriesgó siempre más que los demás, con su personalidad exuberante, que le causó problemas y, finalmente, lo llevó a la muerte. Desde aquel día en Las Flores nunca salió de la inmovilidad. Soportó operaciones y tratamientos que lo pusieron a prueba. Pero nunca se entregó. Andrea nos consolaba a nosotros. A su familia paterna y a la propia, integrada también, por niños recién nacidos.

Tano querido: gracias por tu amistad que se mantuvo siempre con el mismo cariño a través de tantos años, a pesar de las vicisitudes que soportaste, siempre con dignidad, en las muy buenas, en las no tanto, y en las peores que puede soportar un ser humano. Yo estoy tranquilo y vos,  descansando en paz -después de todo lo que hiciste- en el lugar donde comenzó tu vida. Por Dios…¡Qué vida…!.

J. C. Pérez Loizeau