El Nano Alonso no es demasiado expresivo ni tiene el carisma de otros campeones. Pero tiene mala suerte. Se coronó justamente en Interlagos, el templo brasileño, el día que un local -Felipe Massa- ganaba el GP de su país allí mismo después de 13 años de la última victoria de un brasileño en esa vieja y atractiva pista.
Todos los festejos -a la brasileña- fueron por la victoria del pequeño Felipinho, un producto auténtico del pueblo, que tuvo un fin de campeonato completo: pole el sábado y victoria de punta a punta el domingo. Dió la vuelta de honor haciendo flamear su bandera, lloró, se tiró encima de sus mecánicos, abrazó a todo aquel que se puso cerca y recordó, como nunca, la malaria de su juventud donde su padre, responsable de una familia de clase media baja, no tenía lo necesario para que el hijo se diera el gusto de correr en cualquier cosa que tuviera cuatro ruedas. Y todo esto lo hizo nada menos que en Ferrari y hasta superó lo hecho por su compatriota Rubens Barrichello cuando tuvo la oportunidad. Como para no festejar...
Por eso Alonso, en su momento tan esperado y tan sufrido, conseguido con discusiones, peleas, declaraciones graves y acusaciones de todo tipo, parecía uno más. En la conferencia de prensa estaba más contento Jenson Button -con su formidable carrera- que el campeón mundial. Se desquitó con la botella de champagne a la que le dió como gallego a la gaita. Se mojó él mismo -por adentro y por afuera- y mojó a todo el que tuvo cerca. La victoria en el campeonato no llegó en buen momento porque tuvo que cuidar el auto y en el equipo nadie estaba demasiado contento. Y mucho menos, eufórico. Pero a los 25 años de edad ya tiene dos campeonatos mundiales siendo español, es decir, de un país sin tradición automovilística y sin nadie tan entusiasta como otros. Hizo todo bien, tuvo un gran equipo y nadie lo puede discutir. La fiesta será cuando esté con los suyos. En Interlagos era uno más entre tantos. Pero el campeón mundial.