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“De todos los que ví me quedo con Gastón Perkins, Eduardo Rodríguez Canedo y Carlos Reutemann”, dijo el formidable polaco Sobieslaw Zasada, ganador del Gran Premio del ´67 con Porsche y del ´70 con BMW.
Una opinión importante y que reflejaba la realidad. Gastón, como buen hombre de campo, tenía las cualidades necesarias para correr pruebas de duración, especialmente a campo abierto. Tenía una memoria fotográfica para recordar caminos, lo que le daba una ventaja enorme en los Grandes Premios. Estaba acostumbrado, desde chico, a manejar en el campo por caminos malos o muy malos y a improvisar permanentemente. Por eso tenía una concentración perfecta, la que unida a su buen estado físico y a una preparación técnica superior, lo llevó a ganar 5 Grandes Premios y convertirse en Campeón Argentino de TC, en 1969.
Por supuesto ya, por entonces, había ganado unos 500km en el Autódromo de Buenos Aires y unos 200km, también en circuito. Como diría Oscar Gálvez: “Le daba y le daba…”. La otra virtud –tal vez la más importante- fue su ambición de triunfo. Corría para ganar. Y esto, aunque parezca obvio, no todos los pilotos lo tienen en la medida necesaria. Gastón quería ganar, sentir la sensación del triunfo y para ello se preparaba con todo esmero. Era obediente y se rodeaba de gente capaz. Su mecánico habitual, Juan Carlos Zurita, estaba hecho a su medida y con él fue Campeón Argentino de TC, corriendo con las Liebres Torino. En la última prueba del ´69, la Vuelta de Chivilcoy, ubicó a sus tres autos en los primeros tres lugares, demostrando una eficiencia notable.
Gastón vivía con la idea permanente de aparecer como un hombre de campo: “¡Soy un gaucho bruto…!”, decía colocando una voz gruesa y ordinaria. Y era, exactamente, lo contrario. Pero no dejaba de ponerse un sombrero gauchesco, o una boina; botas, pañuelo al cuello. Algo que lo identificara con su condición de hombre de campo. La estancia familiar estaba ubicada en Juan Bautista Alberdi, cerca de Junín, en la provincia de Buenos Aires. Y él viajaba constantemente. Pero no podía engañar a nadie. Gastón Perkins era, sin dudas, el elegante señor alto y flaco, vestido con buena ropa y un vaso en la mano, en el mítico 05. El bar de Arenales y Paraná, que fue el refugio obligado de los muchachos del TC de la inolvidable época de Tuqui Casá, Juan Manuel Bordeu, Willy Gainza Paz y Rolo de Alzaga. Cliente leal del Negro Esbert y los empleados y socios que formaban un grupo inolvidable.
Con su eficiencia notable en los Grandes Premios hizo popular a un auto de pequeña cilindrada –el Renault 1093- los que, generalmente, pasaban poco menos que inadvertidos, en una carrera donde se mezclaban Mercedes-Benz, Mustang, Pontiac, Volvo, además de los populares, por entonces, Fiat y Peugeot. Gastón, el del auto blanquito y chiquitito que doblaba a la misma velocidad en que venía y superaba a los otros más grandes –según la visión de los espectadores del interior- conquistó una notable popularidad en todo el país.
Fue buen piloto, pero lo que es más importante, buen amigo y leal competidor. Apreciado y respetado por sus rivales. Queda su aspecto quijotesco –flaco, altísimo, sonriente- en la retina de todo aquellos que a través de cientos de miles de kilómetros lo vieron pasar con una solvencia poco común por pampas y montañas a lo largo de todo el país. Lo más importante es que Gastón corría para ganar. Y lo consiguió.

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